Dificultades que pueden surgir en la práctica

Soy más de animarte a experimentar lo que es la atención plena que de venderte sus beneficios. Pienso que las dificultades normales que pueden surgir en la aplicación de la técnica podrían hacerte pensar que, o bien no eres capaz o bien no sabes, o incluso que no funciona. Prefiero abordar contigo desde el inicio las dificultades que pueden surgir para que vayas modificando lo que sea necesario y puedas seguir creciendo con tu práctica y profundizando en el desarrollo de esta técnica, sin que te desanimes de manera «innecesaria» por algo que es totalmente normal y no tiene que ver con «tu incapacidad».

 

A) Quizá la dificultad más frecuente es sentarse y tener la sensación de que tu mente no puede dejar de pensar. Y no sólo eso. Además, tomarás conciencia de los pensamientos que normalmente sobrevuelan tu mente y te causan ansiedad, los que influyen en tu estado de ánimo, los que te preocupan o los que sientes que son situaciones que no controlas y que te atemorizan. Esto te provocará un estado muy desagradable, por dos motivos: uno, porque sentirás que no estás pudiendo concentrarte en la respiración que es el objetivo que te habías marcado al empezar la sesión; y otro, porque vendrán a tu conciencia una serie de pensamientos que, con toda certeza, quieres evitar por la carga emocional negativa que llevan asociada (muy probablemente, en las primeras sesiones no te vendrán pensamientos o fantasías agradables). Esto te puede llevar a concluir, tras varias sesiones o incluso una, que “no eres capaz de meditar” o “esto no es para ti” o que “no solo no te sirve para relajarte, sino que te alteras más o te pones peor”. O puede ser que te haga levantarte y terminar prematuramente la sesión, o abrir los ojos constantemente… Se que eso es desagradable. Todos hemos tenido un día así. Pero esa es tu mente, medites o no. Está así de agitada. Y esos pensamientos te van a volver cada vez que intentes hacer algo (hacer la comida, ver la televisión -aunque la televisión es un elemento bastante bien diseñado para adormecer y drogar nuestra mente, así que puede que menos que con otras actividades y sólo si está MUY agitada-, tener una conversación con alguien…). Una metáfora que se suele utilizar para explicarlo es que nuestra mente es cómo el océano. La superficie del mar sería esa primera percepción de nuestra mente, que normalmente suele estar agitada (aunque no siempre), con olas más o menos grandes. Pero por debajo de esa capa superficial de agua que se mueve más y cambia más según el clima, está otra capa de agua más estable. Ese sería el estado que podemos alcanzar tras mantener la atención constante durante un cierto tiempo. Nuestra mente se va serenando y se va calmando, poco a poco, sin tener que hacer nada, fruto de la atención y la concentración en la respiración y la observación de los fenómenos que van emergiendo en nuestra mente (pensamientos, sensaciones, recuerdos, emociones…).

Entonces, ¿qué hacer? Confiar. Confiar en que ese estado (como otros muchos estados mentales) tiene un inicio, un desarrollo y un fin. Observarlo como objeto de meditación en vez de querer controlarlo o que desaparezca o incluso huir de ello (que sería finalizar la práctica o no volver a meditar, evitando que vuelvan a aparecer esos “pensamientos desagradables que no soy capaz de controlar” (pero que están en mi mente y van a volver a aparecer cuando menos me lo espere). La idea es seguir practicando. Con el tiempo, nuestra mente se irá calmando o asentando y estará menos agitada (como norma, ya que volveremos a pasar por esos momentos y nos resultará tan incómodo como al inicio, pero ya tendremos la experiencia de saber que eso pasa y que debemos perseverar, y que así es cómo está nuestra mente, y que no podemos cambiarla de manera directa, pero sabemos la manera indirecta).

  

B) Otra queja muy frecuente es la de “no me relajo”. Es necesario volver a aclarar que, aunque uno de los efectos “secundarios” de la atención plena o de la meditación es la relajación (a veces muy profunda), no es un objetivo de la práctica relajarse. Observar nuestros pensamientos según surgen, sin pensarlos ni juzgarlos suele tener el efecto de calmar la mente y que disminuya la frecuencia con la que surgen esos pensamientos, pero no siempre. Depende de cómo estemos ese día. Y hay personas que, al principio, perciben ese torrente de pensamientos y se conectan con una avalancha de actividad mental que les abruma y de la que no quieren tomar consciencia (aunque en el fondo saben que su mente es un torbellino). En consecuencia, conviene saber que, aunque sabemos que muy probablemente nos vamos a relajar, no nos ayuda acudir a nuestra sesión buscando ese efecto, precisamente porque el hecho de buscar la relajación puede provocar que no la alcancemos y además nos frustremos. Esa búsqueda produciría una tensión innecesaria que haría todo más difícil. 

 

C) Hay también personas que cuando se sientan a meditar, incluso sentados en una silla (no estamos hablando de posturas complicadas en el suelo con las piernas flexionadas en ángulos imposibles), comienzan a notar diversas sensaciones o molestias físicas, que les hacen estar atentos a ese malestar (con una actitud inconsciente de rechazo hacia dicha sensación) que provoca que se pasen casi toda la sesión distraídos por esa molestia física y terminen la sesión considerándola “poco productiva” (aparte de desagradable por haber estado tomando conciencia de dicha molestia todo el tiempo). La manera de manejarnos con esta situación es la contraria a la respuesta natural que suele tener nuestra mente (rechazarla y apartarla de nuestra conciencia): llevar nuestra atención a la molestia. Cuando observamos la molestia o el dolor con atención plena y llegamos a ser capaces de contactar con la sensación, desnuda de cualquier actividad mental (normalmente vamos a contactar primero con el rechazo que nos genera dicha sensación y nuestro deseo de que desaparezca) tiende a desaparecer o disminuir. Por ejemplo, en el dolor crónico, nuestra tendencia a rechazar el dolor y mantenerlo apartado o encapsulado, la necesidad de mantener la zona inmóvil para que no duela, hace que se produzcan contracturas en los músculos que rodean la zona dolorosa (y algunos que quizá no estén tan próximos) y pueden contribuir al dolor o incluso mantenerlo en el tiempo. Hay estudios que demuestran que la práctica de la atención plena mejora el dolor que sufren personas con dolor crónico y que la atención plena focalizada en una zona que duele suele provocar cierta mejoría en el momento (siempre y cuando no estemos buscando que el dolor desaparezca de manera directa, que ya hemos visto que puede provocar el efecto contrario). Ya hablaremos más en profundidad de cómo podemos enfrentarnos con el dolor.

 

D) Una de las dificultades, que no es directamente con la práctica pero que la dificulta en gran medida, es la dificultad de incluir la atención plena entre nuestras actividades habituales, por falta de tiempo o por falta de derecho.

¿Cómo podemos luchar contra la falta de tiempo? Primero, siendo realistas. La falta de tiempo que percibimos no es una realidad muchas veces. Lo que ocurre es que tenemos nuestra vida “organizada” (o “desorganizada” algunos…) y nos cuesta modificar nuestros hábitos. Nos supone que todo se descaraje y nos estresa en gran medida. Sin embargo, tenemos muchos momentos que podríamos aprovechar pero que también están incluidos dentro de nuestra rutina y nos cuesta verlos como momentos “libres” que se pueden utilizar. Pero esto le ocurre también a mucha gente cuando quiere incluir cualquier actividad en su vida, por ejemplo, el deporte. Y más si tienes hijos… La manera más fácil para crear la rutina es empezar con poco tiempo. Incluir un espacio de tiempo recortado (5 o 10 minutos, aunque puede ser menos inicialmente) nos permitirá que lo veamos como algo factible. Después, deberíamos crear una rutina, que es la manera más fácil de perdurar y de no estresarnos. Es decir, buscar un momento del día (y un lugar, si es posible) para hacerlo, que sea el mismo todos los días. Esto facilita el no tener que estrujarnos los sesos para encontrar un hueco en nuestra agenda y, además, nuestro cuerpo va a interiorizar una disposición a esa hora del día a realizar esa tarea. En cualquier caso, la meditación es una manera de calmar la mente, por un lado, y de tomar conciencia de todas las preocupaciones que están “en segundo plano” interfiriendo con nuestros quehaceres normales. Así que puede ser que “perder” 5-20 minutos meditando te permita asentar tu mente y encontrarte mucho más centrado, atento y concentrado con lo que tengas que lidiar después. Podías verlo como una manera de volverte más productivo.

¿Y a qué me refiero con falta de derecho? Bueno, mucha gente piensa que los budistas, con su actitud hacia el mundo, o la meditación son egoístas. Piensan que volver la atención hacia uno mismo y desatender durante ese tiempo al resto de la humanidad o del planeta es egoísta. La realidad no es así. Realmente, nuestra mente nunca nos deja atender lo externo de manera adecuada. Nuestra percepción está teñida por nuestros prejuicios. Juzgamos la realidad, y desde ahí es complicado tener una vida plena donde seamos capaces de ayudar al otro o atenderle adecuadamente. Siempre se cuelan nuestras necesidades (de aprobación, atención, etc.). La práctica de la atención plena va a posibilitar un estar en el mundo más presente, más conectado con uno mismo y con los demás. Una presencia más plena en el mundo. Es como cuando se habla de que “el tiempo sea con más calidad (y no cantidad)”. En este caso, nuestra manera de relacionarnos con los demás cambia a mejor. En consecuencia, aunque pueda parecer en un primer momento egoísta, porque parece que nos retiramos a hacer algo que sólo nos beneficia a nosotros o que lo hacemos porque nos encontramos bien pero no es una actividad que beneficie al resto (quizá mientras meditamos nuestra pareja se encuentra atendiendo a los niños o realizando tareas de la casa), el efecto de la práctica les va a llegar de vuelta en forma de una manera de estar con ellos diferente, más presente, más conectado y posiblemente menos cargado de la negatividad con la que uno suele cargarse (y si uno tuviera negatividad, le sería más fácil tomar conciencia de ello y actuar de una manera diferente a la habitual, que puede ser reactiva y generadora de malestar).

 

 

 

 

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